"Los dos hermanos y el puente"

No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas contiguas, tuvieron un conflicto. Éste era el primer problema que tuvieron después de 40 años de cultivar las tierras hombro a hombro, compartir el duro trabajo y de intercambiar cosechas y bienes en forma continua.
Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente. Comenzó con un pequeño malentendido que fue creciendo hasta llegar a abrir una tremenda brecha entre ellos, que explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrir, encontró a un hombre con herramientas de carpintero. "Estoy buscando trabajo", dijo el extraño, "quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su granja y yo pueda serle de ayuda".
"Sí", dijo el mayor de los hermanos, tengo un trabajo para usted. Mire, al otro lado del arroyo, en aquella granja, ahí vive mi vecino, es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros y él tomó su buldózer y desvió el cauce del arroyo para que quedara entre nosotros.
Bueno, él pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, de dos metros de alto, para no verlo nunca más.
El carpintero le dijo: Creo que comprendo la situación. Muéstreme dónde están la madera, los clavos y las herramientas y le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho. El hermano mayor ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir a comprar provisiones al pueblo.
El carpintero trabajó duro todo el día midiendo, cortando, clavando. Cerca del atardecer, cuando el granjero regresó, el carpintero había terminado con su trabajo. El granjero quedó, perplejo con lo que vio. No había ninguna cerca de dos metros; en su lugar había un puente. Un puente que unía las dos granjas a través del arroyo. Era una verdadera obra de arte.
En ese momento, su hermano menor, vino desde su granja, cruzando el puente, abrazó a su hermano, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: Eres un gran hombre, por construir este hermoso puente después de lo que te he hecho, gracias y perdóname.
En silencio el carpintero guardó las herramientas y se dispuso a marchar, cuando Luis, el hermano que le había contratado grito: ¡No te vayas espera!, quédate, tengo muchos proyectos para ti.
-Me gustaría quedarme dijo el carpintero, pero tengo muchos puentes por construir.

"El misterio de la moneda desaparecida" ( Para trabajar la timidez)

El misterio de la moneda desaparecida

A la urraca le gustaba guardar y coleccionar cosas.Guardaba en una cajita de madera diversas monedas antiguas de distintos países . Una mañana se dio cuenta de que le faltaba una de sus monedas más preciadas. Desolada , pidió ayuda y mandó llamar a los mejores detectives del bosque, la Liebre y el Ratón.

El ratón era algo más listo y sagaz que la liebre, así que sus pistas y razonamientos le llevaron pronto al gran laberinto de túneles bajo el bosque.

Al entrar, vio al señor topo, pero como el ratoncillo era muy tímido, no se atrevió a decirle nada, y anduvo por allí bajo tierra buscando la moneda todo el rato.

La liebre también era un gran detective.Poco después llegó allí y, como no era nada tímida, lo primero que hizo fue preguntarle al topo si sabía dónde estaba la moneda de la urraca.

El topo estuvo encantado de guiarle por los túneles , ya que  la moneda había caído por allí y llevaba tiempo molestándole. Finalmente,  la liebre se llevó la moneda y el agradecimiento de la urraca.Todos los animales del bosque decidieron que la liebre era una magnífica detective.


Pero el ratoncillo, que vio suceder todo aquello, aprendió bien la lección, y desde entonces nunca dejó que la timidez le estropeara su buen trabajo. Poco a poco fue superándola y se convirtió en el mejor detective del bosque

"Chocolate y felicidad"

Hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda de que hubo una época en la que cada niño vivía con un duendecillo de la felicidad que lo acompañaba desde el día de su nacimiento. Los duendecillos se alimentaban de la alegría de los niños, y por eso eran expertos inventores de juguetes y magníficos artistas capaces de provocar las mejores sonrisas.
Con el paso de los años, los duendes mejoraron sus inventos y espectáculos, pero la alegría que conseguían era cada vez más breve. Por más que hicieran, los niños se volvían gruñones y exigentes cada vez más temprano. Todo les parecía poco y siempre querían más. Y ante la escasez de felicidad, los duendes comenzaron a pasar hambre.
Pero cuando pensaban que todo estaba perdido, apareció la pequeña Elsa. Elsa había sido una niña muy triste, pero de pronto se convirtió en las más poderosa fuente de alegría. Ella sola bastaba para alimentar cientos de duendes. Pero cuando quisieron felicitar a su duende, el pequeño Flop, no lo encontraron por ningún sitio. Por más que buscaron no hubo suerte, y cuando lo dieron por muerto, decidieron sustituirlo por Pin, el mejor duende de todos.
Pin descubrió enseguida que Elsa era diferente. Ella no disfrutaba mucho con los regalos y maravillas de su duende. Regalaba a otros niños la mayoría de juguetes que recibía de Pin, y nunca dejaba que su duende actuase solo para ella. Vamos, que parecía que su propia alegría le importaba mucho menos que la de los demás niños y a Pin le preocupaba que con esa actitud se pudiera ir gastando toda su energía.
Una noche, mientras Pin descansaba en su cama de duende, sintió algo extraño bajo el colchón, y al levantarlo descubrió la ropa de Flop, cubierta de chocolate dorado. Como todos los duendes, Pin conocía las leyendas sobre el chocolate dorado, pero pensaba que eran mentira. Ahora, viendo que podían ser ciertas, Pin corrió hacia la cama en que dormía Elsa y miró a través de sus ojos. ¡Allí estaba Flop, regordete de tanta felicidad! Pin sabía que desde dentro Flop no podía verle, pero volvió a su cama feliz por haber encontrado a su amigo, y por haber descubierto el secreto de la felicidad de Elsa: Flop la había convertido desde dentro en un duendecillo de la felicidad, y ahora que estaba tan ocupada haciendo felices a otros se había convertido en una niña verdaderamente feliz.
Los días siguientes Pin investigó cuanto pudo sobre el chocolate dorado para enseñar a los demás duendes cómo hacer el mismo viaje. Bastaba con elegir un niño triste, posarse en su mano mientras dormía, darle un fuerte abrazo, y desear ayudarlo con todas sus fuerzas.
Así fue como Pin se convirtió en un bombón dorado
. Y a la mañana siguiente aquel niño triste se lo comió. Aunque sabía que no le dolería, pasó muchísimo miedo, al menos hasta que le tocó la lengua, porque a partir de ese momento sintió las cosquillas más salvajes y rió y rió y rió… hasta que estalló de risa. Y entonces apareció en el alma de aquel niño triste, dispuesto a convertirlo en un auténtico duendecillo de la felicidad ayudando a otros a ser más felices.
Los demás duendes no tardaron en imitar a Pin y a Flop, y pronto cada niño tuvo en su interior un duendecillo de la felicidad. El mismo que aún hoy nos habla todos los días para decirnos que para ser verdaderamente felices hay que olvidarse un poco de las propias diversiones y hacer algo más por los demás.
_Cuentos para dormir y...¡despertar!_

"La isla de las emociones"



Hubo en un tiempo una pequeña isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, entre otros, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio. Todos estaban allí, en la isla. A pesar de los roces propios de la convivencia, la vida era muy tranquila e incluso predecible. A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o, a veces, el Impulso armaba algún escándalo, pero la mayoría de las veces la Constancia y la Conveniencia lograban calmar al Descontento.

Un día, de forma inesperada para los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una asamblea. En el momento en que la Distracción se dio por enterada y la Pereza consiguió llegar al punto del encuentro, todos estuvieron presentes y el Conocimiento comenzó diciendo: “Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde.” . Todas las emociones dijeron al unísono: “¡No, no puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!”

Entonces el Conocimiento repitió: “La isla se hunde.”

Todas las emociones gritaban que el Conocimiento estaba equivocado, pero entonces la Conciencia, dándose cuenta de la verdad, dijo a sus compañeros: “El Conocimiento casi nunca se equivoca. Si dice que se hunde, debe ser porque es cierto que se hunde”. A esto, el resto de las emociones contestaron: Y, ¿Qué vamos a hacer ahora? 

El Conocimiento que se temía esta pregunta les contestó: “Cada uno puede hacer lo que bien quiera, pero yo les aconsejo que busquen la forma de abandonar la isla… Construyan un barco, una balsa o algo que les permita marcharse, porque el que se quede en la isla desaparecerá con ella. La Previsión y yo, hemos construido un avión y en cuanto acabe la reunión volaremos hasta la isla más cercana”.

Ante estas palabras, las emociones dijeron: “¡No! Pero ¿Qué será de nosotros?”
Dicho y hecho, la reunión finalizó y el Conocimiento se subió al avión con la Previsión, llevando de polizón al Miedo, que como no es tonto, se había escondido en el motor, y así abandonaron la isla.
Ante este jarro de agua fría, todas las emociones, empezaron a construir algo que les salvara: un barco, un velero… Todas las emociones… salvo el Amor. El Amor sentía que estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo: “Dejar esta isla… después de todo lo que he vivido aquí… ¿Cómo podría yo dejar este árbol, por ejemplo? Aiiihh…, hemos compartido tantas cosas y tantos momentos…”

Mientras el resto de las emociones se dedicaban a fabricar su barco, el Amor se dedicó a subir a cada árbol, oler cada rosa, ir a la playa y se revolcarse en la arena, tal y como solía hacer en otros tiempos. Tocó cada piedra y acarició cada rama… Al llegar a la playa, a su lugar favorito desde donde podía observar que el sol salía, quiso pensar con esa ingenuidad que le caracteriza: “Quizá la isla se hunda sólo un ratito… y después vuelva a resurgir… ¿Porqué no?”

Así, se quedó durante días y días, midiendo la altura de la marea para ver si el hundimiento no fuese reversible, pero la isla se hundía cada vez más… Aún siendo consciente de que la isla se hundía y que no había vuelta atrás, el Amor no podía pensar en construir para dejar, porque se sentía tan dolorido que sólo podía llorar y gemir por lo que iba a perder.

Entonces, en su cabeza apareció un nuevo pensamiento, y es que la isla era muy grande, y aunque se hundiera un poco, siempre podría refugiarse en la zona más alta… Cualquier opción era mejor que tener que dejarla; además una pequeña renuncia nunca había supuesto un problema para él. Así que, una vez más, se dedicó a disfrutar de cada piedra, árbol, rama, observando al mismo momento que la isla cada vez se estaba volviendo más pequeña. 

Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, se dirigió hacia el norte de la isla, que a pesar de no ser la parte que más le gustaba,  se trataba de la más elevada… La isla se hundía cada día un poco más, y el Amor se refugiaba en un espacio más pequeño…

“Después de todas cosas que hemos pasado juntos…” -le reprochó el Amor a la isla.

Finalmente, sólo quedó un minúsculo fragmento de isla; el resto había sido completamente cubierto por el agua; y en ese momento, el Amor se dio cuenta de que si no dejaba la isla, desaparecería para siempre de la faz de la Tierra…

Caminando entre senderos y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía. Ya no había posibilidad de construir un medio para huir como lo había hecho el resto; había perdido demasiado tiempo en lamentar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos. Desde allí veía pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicarles su situación y de que alguno de sus compañeros le acogiera en su barco.

Entonces, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas para que se acercara. La Riqueza se acercó y el Amor le dijo: “Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías contigo hasta la isla vecina, no? Yo he sufrido tanto la desaparición de esta isla que no he podido construirme un barco…”

Y la Riqueza le contestó: “Estoy tan cargada de bienes, de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no me queda lugar para ti, lo siento…” -y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor siguió mirando al mar con la esperanza de ver algún otro compañero suyo, y ahí vio venir a la Vanidad en un barco precioso, lleno de adornos,  mármoles y flores de todos los colores. Llamaba mucho la atención. El Amor cogió aire y gritó: “¡Vanidad, llévame contigo, por favor!”. La Vanidad miró al Amor y le dijo: “Me encantaría llevarte, pero… ¡Tienes un aspecto!… ¡Estás tan sucio y tan desaliñado!… Perdón, pero creo que afearías mi barco” -y tal cual, se fue.

Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones que veía pasar: a la Constancia, a la Serenidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando creyó que ya no había nada que hacer, que su final estaba muy próximo, vio acercarse un barco muy pequeño, el último que quedaba por pasar, el de la Tristeza, y le dijo: “Tristeza, hermana, tú que me conoces tanto, estoy segura de que tú no me abandonarías aquí, eres tan sensible como yo… ¿Me llevas contigo?” Y la Tristeza le contestó: “Yo te llevaría, te lo prometo, pero estoy taaaaaaaaan triste… que quiero estar sola” -Y sin mediar más palabras, se alejó.

El Amor, se dio cuenta de que por haberse quedado apegado a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer para siempre. Entonces, se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla esperando el final… De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:“Chst-chst-chst…”

Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos. El Amor se sorprendió y le dijo: “¿Es a mí?”

“Sí, sí, a ti” -dijo el viejito.  “Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo tengo sitio para ti, yo te salvo.” El Amor le miró y empezó a darle explicaciones como lo había hecho con el resto de emociones, pero el viejito, sin dejar que acabase la primera frase, le dijo: “Te entiendo, sube al bote..”

El Amor subió al bote y juntos remaron hasta alejarse de la isla. No pasó mucho tiempo y el último centímetro que quedaba de isla terminó de hundirse desapareciendo para siempre. Ante este acontecimiento y esperando a que el viejito le contradijera y le diera alguna esperanza, el Amor murmuró: “Nunca volverá a existir una isla como ésta” .

El viejito asintió… Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo, podía seguir existiendo, el Amor no se había acabado. Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, silenciosamente, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.
El Amor, muy intrigado por todo lo que había pasado con el viejecito, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle: “¿Cómo pudo ser? Yo no lo conozco de nada y me salvó… Nadie comprendió que quedara sin embarcación, pero él me entendió y me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quien es…”

La Sabiduría lo miró atentamente a los ojos y le dijo: “Amigo, él es el único capaz de conseguir que el Amor sobreviva cuando el Dolor que provoca una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante. Es el único capaz de darle una nueva oportunidad al Amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, se llama Tiempo.”

_Jorge Bucay_

"El pajarito perezoso" (Responsabilidad- Evitar la pereza)

Había una vez un pajarito simpático, pero muy, muy perezoso. Todos los días, a la hora de levantarse, había que estar llamándole mil veces hasta que por fin se levantaba; y cuando había que hacer alguna tarea, lo retrasaba todo hasta que ya casi no quedaba tiempo para hacerlo. Todos le advertían constantemente:
- ¡eres un perezoso! No se puede estar siempre dejando todo para última hora...
- Bah, pero si no pasa nada.-
respondía el pajarito- Sólo tardo un poquito más que los demás en hacer las cosas
Los pajarillos pasaron todo el verano volando y jugando
, y cuando comenzó el otoño y empezó a sentirse el frío, todos comenzaron los preparativos para el gran viaje a un país más cálido. Pero nuestro pajarito, siempre perezoso, lo iba dejando todo para más adelante, seguro de que le daría tiempo a preparar el viaje. Hasta que un día, cuando se levantó, ya no quedaba nadie.
Como todos los días, varios amigos habían tratado de despertarle, pero él había respondido medio dormido que ya se levantaría más tarde, y había seguido descansando durante mucho tiempo. Ese día tocaba comenzar el gran viaje, y las normas eran claras y conocidas por todos: todo debía estar preparado, porque eran miles de pájaros y no se podía esperar a nadie. Entonces el pajarillo, que no sabría hacer sólo aquel larguísimo viaje, comprendió que por ser tan perezoso le tocaría pasar solo aquel largo y frío invierno.
Al principio estuvo llorando muchísimo rato, pero luego pensó que igual que había hecho las cosas muy mal, también podría hacerlas muy bien, y sin dejar tiempo a la pereza, se puso a preparar todo a conciencia para poder aguantar solito el frío del invierno. Primero buscó durante días el lugar más protegido del frío, y allí, entre unas rocas, construyó su nuevo nido, que reforzó con ramas, piedras y hojas; luego trabajó sin descanso para llenarlo de frutas y bayas, de forma que no le faltase comida para aguantar todo el invierno, y finalmente hasta creó una pequeña piscina dentro del nido para poder almacenar agua. Y cuando vio que el nido estaba perfectamente preparado, él mismo se entrenó para aguantar sin apenas comer ni beber agua, para poder permanecer en su nido sin salir durante todo el tiempo que durasen las nieves más severas.
Y aunque parezca increíble
, todos aquellos preparativos permitieron al pajarito sobrevivir al invierno. Eso sí, tuvo que sufrir muchísimo y no dejó ni un día de arrepentirse por haber sido tan perezoso.
Así que, cuando al llegar la primavera sus antiguos amigos regresaron de su gran viaje, todos se alegraron sorprendidísimos de encontrar al pajarito vivo, y les parecía mentira que aquel pajarito holgazán y perezoso hubiera podido preparar aquel magnífico nido y resistir él solito. Y cuando comprobaron que ya no quedaba ni un poquitín de pereza en su pequeño cuerpo, y que se había convertido en el más previsor y trabajador de la colonia, todos estuvieron de acuerdo en encargarle la organización del gran viaje para el siguiente año.
Y todo estuvo tan bien hecho y tan bien preparado, que hasta tuvieron tiempo para inventar un despertador especial, y ya nunca más ningún pajarito, por muy perezoso que fuera, tuvo que volver a pasar solo el invierno.
_P.P.Sacristán_

"Un encargo insignificante" ( La responsabilidad se mide en las cosas pequeñas )



El día de los encargos era uno de los más esperados por todos los niños en clase. Se celebraba durante la primera semana del curso, y ese día cada niño y cada niña recibía un encargo del que debía hacerse responsable durante ese año. Como con todas las cosas, había encargos más o menos interesantes, y los niños se hacían ilusiones con recibir uno de los mejores. A la hora de repartirlos, la maestra tenía muy en cuenta quiénes habían sido los alumnos más responsables del año anterior, y éstos eran los que con más ilusión esperaban aquel día. Y entre ellos destacaba Rita, una niña amable y tranquila, que el año anterior había cumplido a la perfección cuanto la maestra le había encomendado. Todos sabían que era la favorita para recibir el gran encargo: cuidar del perro de la clase.
Pero aquel año, la sorpresa fue mayúscula. Cada uno recibió alguno de los encargos habituales, como preparar los libros o la radio para las clases, avisar de la hora, limpiar la pizarra o cuidar alguna de las mascotas. Pero el encargo de Rita fue muy diferente: una cajita con arena y una hormiga. Y aunque la profesora insistió muchísimo en que era una hormiga muy especial, Rita no dejó de sentirse desilusionada.
La mayoría de sus compañeros lo sintió mucho por ella, y le compadecían y comentaban con ella la injusticia de aquella asignación. Incluso su propio padre se enfadó muchísimo con la profesora, y animó a Rita a no hacer caso de la insignificante mascotilla en señal de protesta. Pero Rita, que quería mucho a su profesora, prefería mostrarle su error haciendo algo especial con aquel encargo tan poco interesante:
- Convertiré este pequeño encargo en algo grande -decía Rita.
Así que Rita investigó sobre su hormiga: aprendió sobre las distintas especies y estudió todo lo referente a sus hábitat y costumbres, y adaptó su pequeña cajita para que fuera perfecta. Cuidaba con mimo toda la comida que le daba, y realmente la hormiga llegó a crecer bastante más de lo que ninguno hubiera esperado...
Un día de primavera, mientras estaban en el aula, se abrió la puerta y apareció un señor con aspecto de ser alguien importante. La profesora interrumpió la clase con gran alegría y dijo:
- Este es el doctor Martínez. Ha venido a contarnos una noticia estupenda ¿verdad?
- Efectivamente. Hoy se han publicado los resultados del concurso, y esta clase ha sido seleccionada para acompañarme este verano a un viaje por la selva tropical, donde investigaremos todo tipo de insectos. De entre todas las escuelas de la región, sin duda es aquí donde mejor habéis sabido cuidar la delicada hormiga gigante que se os encomendó. ¡Felicidades! ¡Seréis unos ayudantes estupendos!.
Ese día todo fue fiesta y alegría en el colegio: todos felicitaban a la maestra por su idea de apuntarles al concurso, y a Rita por haber sido tan paciente y responsable. Muchos aprendieron que para recibir las tareas más importantes, hay que saber ser responsable con las más pequeñas, pero sin duda la que más disfrutó fue Rita, quien repetía para sus adentros "convertiré ese pequeño encargo en algo grande" .
_P.P. Sacristán_

Sobre El Amor Y La Amistad: "El Principito Y El Zorro" (Capítulo XXI de «El Principito». Antoine de Saint-Exupéry)

Apareció entonces el zorro.
-Buenos días -saludó el zorro.
-Buenos días -contestó amablemente el Principito que al darse vuelta en dirección a la voz no vio a nadie.
-Si me buscas, aquí estoy -aclaró el zorro- debajo del manzano.
-Pero…, ¿quién eres tú? -preguntó el Principito-. Eres muy hermoso.
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Acércate…, ven a jugar conmigo -propuso el Principito- ¡Estoy tan triste!.
-¿Jugar contigo? No…, no puedo -dijo el zorro-. Aún no estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón -se excusó el Principito.
Interrogó, luego de meditar un instante:
-¿Has dicho “domesticar”? ¿Qué significa “domesticar”?
-Tú no eres de aquí -afirmó el zorro- ¿Puedes decirme qué es lo que buscas?
-Busco a los hombres -respondió el Principito- Dime, ¿qué significa “domesticar”?
-Los hombres -intentó explicar el zorro- poseen fusiles y cazan. Eso es bien molesto. Crían también gallinas; es su único interés. Tú buscas gallinas, ¿verdad?
-No -dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-¡Ah!…, es una cosa muy olvidada -respondió el zorro-. Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?-preguntó el Principito.
-Así es -confirmó el zorro- Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas…, sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo.
-Creo que empiezo a entender -dijo el Principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado.
-Es probable- contestó el zorro- ¡En este planeta, en la Tierra, pueden ocurrir todo tipo de cosas!
-¡Oh! No es en la Tierra -se apresuró a decir el Principito.
El zorro se quedó no menos que intrigado.
-¿Acaso en otro planeta?
-Sí.
-¿Puedes decirme si hay cazadores en ese planeta?
-¡Oh, no! No los hay.
-Me está resultando muy interesante. ¿Hay gallinas?
-No.
-No existe nada que sea perfecto -dijo el zorro suspirando.
Luego prosiguió:
-Mi vida es algo aburrida. Cazo gallinas y los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen como también los hombres se parecen entre sí. Francamente me aburro un poco. Estoy seguro que…, si me domesticas mi vida se verá envuelta por un gran sol. Podré conocer un ruido de pasos que será bien diferente a todos los demás. Los otros pasos, me hacen correr y esconder bajo la tierra. Pero el tuyo sin embargo, me llamará fuera de la madriguera, como una música. ¡Mira! ¿Puedes ver allá a lo lejos los campos de trigo? Yo no como pan, por lo que para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo nada me recuerdan. ¡Es triste! Pero tú tienes cabellos de color oro. Cuando me hayas por fin domesticado, el trigo dorado me recordará a ti. Y amaré el sonido del viento en el trigo…
El zorro en silencio, miró por un gran rato al Principito.
-Por favor… ¡Domestícame! -suplicó.
-Lo haría, pero… no dispongo de mucho tiempo -contestó el Principito-. Quisiera encontrar amigos y conocer muchas cosas.
-¿Sabes…? Sólo se conocen las cosas que se domestican -afirmó el zorro-. Los hombres carecen ya de tiempo. Compran a los mercaderes cosas ya hechas. Y… como no existen mercaderes de amigos, es muy simple, los hombres ya no tienen amigos. Si realmente deseas un amigo, domestícame!
-Y… ¿Qué es lo que debo hacer? -preguntó el Principito.
-Debes tener suficiente paciencia -respondió el zorro- En un principio, te sentarás a cierta distancia, algo lejos de mi sobre la hierba. Yo te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra suele ser fuente de malentendidos. Cada día podrás sentarte un poco más cerca.
Al otro día el Principito volvió:
-Lo mejor es venir siempre a la misma hora -dijo el zorro- Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; comenzaré a descubrir el precio de la felicidad. En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué son los ritos? -preguntó el Principito.
-Se trata también de algo bastante olvidado -contestó el zorro-. Es aquello que hace que un día se diferencie de los demás, una hora de las otras horas. Te daré un ejemplo. Entre los cazadores hay un rito. Todos los jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Para mí el jueves es un día maravilloso, ya que paseo hasta la viña. Si los cazadores no tuvieran un día fijo para su baile, todos los días serían iguales y yo no tendría vacaciones.
Fue así como el Principito domesticó al zorro. Pero al acercarse la hora de la partida:
-¡Ah!-dijo el zorro- Voy a llorar.
-No es mi culpa -repuso el Principito-. Tú quisiste que te domesticara, no fue mi intención hacerte daño.
-Sí, yo quise que me domesticaras -dijo el zorro.
-Pero dices que llorarás.
-Sí -confirmó el zorro.
-¿Ganas algo entonces? -preguntó el Principito.
-Gano -aseguró el zorro- por el color del trigo.
Luego sugirió al Principito:
-Vuelve y observa una vez más el jardín de rosas. Ahora comprenderás que tu rosa es única en el mundo. Cuando vuelvas para decirme adiós, yo te regalaré un secreto.
Se dirigió el Principito nuevamente a la rosas:
-En absoluto os parecéis a mi rosa. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Así era mi zorro antes, semejante a cien mil otros. Al hacerlo mi amigo, ahora es único en el mundo.
Las rosas se mostraron ciertamente molestas.
-Sois bellas, pero aún estáis vacías -agregó-. Todavía nadie puede morir por vosotras. Es probable que una persona común crea que mi rosa se os parece. Ella siendo sólo una, es sin duda más importante que todas vosotras, pues es ella la rosa a quien he regado, a quien he puesto bajo un globo; es la rosa que abrigué con el biombo. Ella es la rosa cuyas orugas maté (excepto unas pocas que se hicieron mariposas). Ella es a quien escuché quejarse, alabarse y aún algunas veces, callarse. Ella es mi rosa…
Regresó hacia donde estaba el zorro:
-Adiós- dijo.
-Adiós- dijo el zorro-. Mi secreto es muy simple: no se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito a fin de acordarse.
-El tiempo que dedicaste a tu rosa, es lo que hace que ella sea tan importante para ti.
-El tiempo que dediqué a mi rosa… -repitió el Principito para no olvidar.
-Los hombres ya no recuerdan esta verdad -dijo el zorro-. En cambio tú, por favor…, no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

-Soy responsable de mi rosa… -dijo en voz alta el Principito a fin de recordar…

Lecturas interactivas

(Pica en las imágenes para aceder)